Aquí y ahora (Miguel Ángel Hernández)

Aquí y ahora, del murciano Miguel Ángel Hernández, es un libro que nunca me habría comprado si lo hubiera visto en la mesa de novedades. Y no me lo habría comprado precisamente por la faja con la que pretendían vendérmelo, ya que las frases que aparecían en ella, firmadas por autoridades del mundo literario, no invitaban en absoluto a la lectura del libro, sino más bien a todo lo contrario.  

Estas frases de faja, estas fajafrases, yo sé gracias a Alberto Olmos que se llaman blurbs. En este caso, el primer blurb venía firmado por un escritor de prestigio y decía: “Uno de los escritores europeos más destacados de su generación.” Esto de decir que un escritor es uno de los más destacados de su generación es una de las frases más recurrentes en estos casos y, de hecho, si a mí me pidieran un blurb para la faja del libro de un escritor desconocido, es exactamente la frase que diría. No dedicaría ni medio minuto a hojear el libro. No me leería ni la contraportada. Diría: “Fulano X es uno de los escritores más destacados de su generación”. Y seguiría con lo que estuviese haciendo en ese momento.

–Fulano X es uno de los escritores más destacados de su generación.

– ¿Ah, sí? ¿Y quiénes son los otros escritores de su generación?

–Ahí me has pillado.

El problema de este tipo de frases es que introducen un grado de incertidumbre nada deseable porque no es lo mismo el superlativo absoluto que el superlativo relativo. Así, que Juan sea el más alto de la clase, o uno de los más altos de la clase, no significa necesariamente que Juan sea alto. Y a este problema se añade la inclusión del adjetivo europeos. ¿Qué significa que Miguel Ángel Hernández es uno de los escritores europeos más destacados de su generación? ¿Que es tan bueno que su literatura desborda el ámbito puramente español? ¿O que, si incluyéramos en la lista a los escritores asiáticos o latinoamericanos de su generación, entonces ya no sería uno de los más destacados? Ahí queda la duda.

El segundo blurb era de un crítico de La Vanguardia y decía así: “Un escritor culto con un enorme talento narrativo.” ¿Os imagináis a un escritor inculto sin ningún tipo de talento narrativo? El tercer blurb era de un crítico del ABC y decía: “Un escritor seguro, maduro, cuya literatura tiene mucho que decir.” ¿Os imagináis a un escritor inseguro e inmaduro, cuya literatura no tiene nada que decir? Bueno, a decir verdad, en estos dos últimos casos yo me imagino a bastantes escritores.

Como ya no quedaba espacio en la faja, el cuarto blurb venía en la parte trasera. Yo nunca había visto una faja con texto en la parte de atrás, pero, ya que se ha pagado, me parece bien que se aproveche (que hasta el rabo todo es toro y hasta la trasera todo es faja). Este último blurb lo firmaba Dominik Bloeder, del Badische Zeitung. Como no conocía de nada a este crítico, introduje su nombre en Google y vi que la búsqueda no daba ningún resultado. Durante unos segundos me quedé helado, recordando el caso de una escritora que se inventó una cita elogiosa sobre ella del New York Times. Pero en este caso, afortunadamente, se trataba tan solo de una errata. Se habían olvidado de poner una letra en el apellido, que era Bloedner y no Bloeder. Así que Dominik Bloedner, del Badische Zeitung, sí que existe.

El Badische Zeitung no es el Frankfurter Allgemeine Zeitung, pero tiene de igual modo un nombre que la mayoría de españoles tendrán problemas para pronunciar (y para escribir, y si no que se lo digan a Bloeder o Bloedner), y este hecho por sí solo ya te otorga prestigio. Dominik Bloedner tampoco es Bernard Pivot, pero es un extranjero de la zona euro, que es lo que importa. Para ser considerado un escritor europeo, necesitas como mínimo que un crítico de la eurozona hable de ti. Sin ese crítico de la eurozona no eres más que un señor de Murcia.

La fajafrase de Bloedner decía: “Un pensador inteligente y un escritor estimulante con el que uno quisiera embarcarse en un viaje literario”. Es alentador saber que el autor del libro que tienes en tus manos no es en ningún caso un escritor nada estimulante con el que jamás te embarcarías en un viaje literario.

Es un género complicado esto de los blurbs. Supongo que entre hacer un spoiler del final y escribir una frase que haga pensar que no te has leído el libro tiene que haber un término medio.

A estas alturas os estaréis haciendo todos la misma pregunta: si dices que nunca te habrías comprado este libro por la faja, ¿cómo demonios llegó a tus manos? Y la respuesta es que este libro me llegó por prescripción facultativa.

Sucedió que, tras varios meses de espera, un agente literario (aduciendo una serie de razones que darían para una bibliocrónica) había rechazado el manuscrito de mi novela. Al hablar por videowhatsapp con mi familia, me vieron tan hundido que intentaron levantarme el ánimo por todos los medios. Mi madre y mi hermana me decían frases de consuelo, pero mi padre se mostró más expeditivo y se limitó a decir: “Te voy a mandar un libro.” Me lo dijo con el tono con el que tu médico de cabecera te diría: “Le voy a mandar vitaminas.” O con el que tu psiquiatra te diría: “Le voy a mandar Prozac.” Y entonces me mandó por correo urgente Aquí y ahora, de Miguel Ángel Hernández. La consigna en este caso, en vez de “Tómese esto cada ocho horas”, era: “Léete esto durante ocho horas.”

Como no tenía ni idea de quién era el autor, lo primero que hice al sacar el libro del sobre fue mirar la solapa. En ella aparecía una foto de Miguel Ángel Hernández sentado en una cafetería. En la mesa había una taza de café y un folio. Miguel Ángel Hernández llevaba un bolígrafo en la mano, como si un reportero indiscreto hubiese entrado en la cafetería y lo hubiese sorprendido en el momento justo en que se disponía a escribir (¿tal vez el blurb para una faja?).

Bajo la fotografía del autor, la solapa estaba a rebosar de texto. Como me dio pereza leerlo entero, decidí leer únicamente la primera frase, que decía así: “Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) es escritor y crítico de arte.” Siempre es importante que te especifiquen que quien ha escrito el libro que vas a leer es escritor.

Después giré la primera página y fue entonces cuando apareció la faja. Ahí estaba, oculta oprobiosamente entre dos páginas en lugar de ocupar su puesto de honor alrededor de la cubierta. Pensé que mi padre, avergonzado por enviarme un libro con esa faja, la había metido ahí de forma provisional y que después se le había olvidado tirarla a la basura, pero cuando se lo comenté me dijo que no, que se había encontrado el libro así en la librería. Este hecho me intrigó sobremanera y de pronto lo vi todo claro.

Me imaginé al dependiente de la Fnac (o de la Casa del Libro) absorto frente a la mesa de novedades y pensando: “Tenemos un libro que nos ocupa espacio y no estamos vendiendo ni un solo ejemplar. Y todo por culpa de la maldita faja. El problema es que la editorial la ha pagado y forma parte del libro. No se la podemos quitar.” Vi a ese dependiente cavilando y vi cómo de pronto sus ojos se iluminaban: había tenido una idea. Lo vi enfrentándose a su destino y tomando finalmente una decisión: “El despido o la gloria.” Y vi sus manos temblorosas retirando fajas y metiéndolas entre las primeras páginas de los libros. Vi a ese mismo dependiente una semana después, entrando con paso firme en el despacho del jefe de ventas y arrojando sobre su mesa un ejemplar de Aquí y ahora, de Miguel Ángel Hernández.

–Estos son los ejemplares que habíamos vendido de este libro antes de quitarles la faja: cero. Y estos son los ejemplares que hemos vendido desde que decidí quitarles la faja: 336.

Vi al jefe de ventas observar el libro que le acaban de poner delante, lo vi leer la faja y mirar atónito a aquel empleado desconocido.

–¿Cómo se llama usted?

–Carlos Fajardo.

–¿Faj…?

–Sí, lo sé, ahórrese la broma.

–Fajardo, es usted un hombre de recursos. Vamos a abrir un nuevo local y necesitamos a alguien que lo dirija. Hablaré con Recursos Humanos para proponer su candidatura.

Y así es como despegaría la carrera profesional de Fajardo. Así es como pasaría del chaleco verde a los trajes de Armani. Todo por quitar una faja.

Aquí y ahora es el diario de escritura de otro libro de Miguel Ángel Hernández, una novela llamada El dolor de los demás. Abarca el periodo de julio de 2016 a enero de 2019 y nos muestra las distintas fases de la creación de la novela: la escritura, la corrección, la reelaboración cuando su agente le dice que ponga más huerta y menos poliamor (sí, no os habéis equivocado al leer: la agente quería más huerta y menos poliamor, y no al contrario), la publicación del libro y la acogida por parte del público.

Lo primero que uno descubre al leer Aquí y ahora es que a Miguel Ángel Hernández le gusta la cerveza. De hecho, cerveza es tal vez la palabra que más se repite en el libro después de el y la.  Pero Miguel Ángel Hernández no solo bebe cerveza. También bebe vino, cava, gin-tonic, vermut granizado, ginebra rosa, orujo, carajillo con whisky, Martini, michelada, Ballantine’s con Coca Cola, Jägermeister, White Label, licor de membrillo casero, Thunder Bitch y Old Fashioned. Aquí hay más alcohol que en las siete temporadas completas de Mad men.  En todo el libro hay únicamente una entrada, la del 7 de abril de 2017, en que el autor escribe: “Solo bebes agua.”.  Con semejante ingesta de alcohol, es normal que casi todas las entradas de este diario empiecen con la misma frase: “Te levantas con resaca.”

Lo segundo que a uno le sorprende al leer este libro es que Miguel Ángel Hernández haya tenido tiempo para escribir una novela porque, además de cerrar todos los bares, da clases en la universidad, acude a reuniones de departamento, tiene tutorías para trabajos de fin de grado, trabajos de fin de máster y tesis doctorales, imparte talleres literarios, hace presentaciones de libros, organiza exposiciones, da conferencias, escribe prólogos, artículos, fanzines y textos para catálogos, participa en mesas redondas, da entrevistas, acude a conciertos, festivales, inauguraciones, comuniones y fiestas sorpresa de cumpleaños. Con semejante nivel de actividad, es normal que casi todas las entradas de este diario acaben con la misma frase: “Caes rendido en la cama.”

Al leer Aquí y ahora, me di cuenta de que Miguel Ángel Hérnandez y yo tenemos varias cosas en común. Por ejemplo, los dos somos alérgicos a los gatos, a los dos nos parece pésima la última temporada de Borgen, los dos nos automedicamos con ibuprofeno y antibióticos para el dolor de garganta y a los dos hay algo que nos molesta especialmente:

Cuando vuelves a casa, lo piensas: te revienta que te presenten como “profesor” en lugar de como “escritor”. Es cierto, eres profesor, cobras por eso; es lo que te da de comer. Pero tu cabeza está todo el día pensando en la escritura. Eso es lo que te da la vida.

Cuando iba por la mitad de libro, decidí visitar el perfil de Twitter del autor para conocerlo un poco mejor y aquí sí debo reconocer que me sentí un poco humillado porque vi que Miguel Ángel Hernández tenía 8735 seguidores. Y 8735 seguidores son 8706 seguidores más que los que yo tengo. Pero lo llamativo de la cuenta de Twitter de Miguel Ángel Hernández no era tanto el número de seguidores como la cuenta en sí, porque parecía una de esas cuentas falsas de personajes de ficción. En concreto, parecía una cuenta falsa de Oblómov, el personaje de Goncharov que se tira 600 páginas tumbado en un diván. Los tuits de Miguel Ángel Hernández decían:

– Mientras dure la siesta

– Más dormir!

– Bienvenido a la República independiente de mi siesta.

– Díselo con una siesta.

– Siesta permanente revisable.

– Primero como tragedia, después como siesta.

Me maravilla que un apologeta del sobe a media tarde haya logrado reunir una legión tan amplia de seguidores. Habla la prensa, en estos días de precampaña, del electorado durmiente de los partidos, y yo me pregunto cuántos de los seguidores de Miguel Ángel Hernández son seguidores durmientes, cuántos de ellos, en el preciso instante en que escribo esta bibliocrónica, están babeando la almohada.

Por otra parte, al ver todos aquellos tuits, recordé que, en la página 38 de Aquí y ahora, Miguel Ángel Hernández decía que El amor en los tiempos del cólera era el primer libro de Gabriel García Márquez que leía. Pensé: “El día que descubra que Gabo tiene un cuento titulado La siesta del martes, se convertirá en uno de sus autores de cabecera.”

Tras este intervalo tuitero, seguí con la lectura de Aquí y ahora y, según avanzaba, me iba olvidando cada vez más de mi tragedia personal. Ver a Miguel Ángel Hernández en su día a día de escritor me hizo tomar distancia de mí mismo, sus triunfos y sus fracasos me hicieron relativizar los míos, su lucha denodada por la literatura me hizo comprender que esta es una empresa de largo aliento, que el mundo –mi mundo– no se acaba por el no de un agente literario a la novela de toda una vida, que aún me quedan otras vidas para seguir escribiendo.

Aquí y ahora estaba cumpliendo su fin terapéutico y, por primera vez en muchos meses, me estaba devolviendo la alegría y las ganas de vivir.

Hay en este libro momentos divertidísimos, como cuando los vecinos de Miguel Ángel se enteran de que es escritor porque Kiko Matamoros recomienda una novela suya en Sálvame. O como cuando en un bar le dan una de cal y otra de arena:

En el Revólver, una chica te dice que está leyendo El instante de peligro y que está hipnotizada por la historia. Te alegra la noche. Al menos durante cinco minutos. Mientras pides una copa para celebrarlo, el amigo de un amigo te saluda y te dice: “Oye, me han dicho que tu último libro es flojito, ¿no?”. No sabes qué contestarle. “No, si yo no lo he leído –dice–, pero eso parece, ¿no?”. Se marcha antes de que se te ocurra algo ingenioso para decirle. Te quedas en la barra pensando en sus palabras y olvidas por completo el entusiasmo de la chica y su mirada de admiración.

O como cuando le dice a su vecina que a va a salir en su novela:

Visitas a tu vecina. […] Le dices que aparecerá en tu novela. Pero si yo no sé escribir, dice, no me van a entender. No te preocupes, la consuelas, ya buscaré la forma de que te entiendan.

Otra de las virtudes de Aquí y ahora es que, lejos de entronizar la figura del escritor, sus páginas contribuyen a humanizarlo. Miguel Ángel Hernández no es un divo, no está encerrado en una torre de marfil, sino que observa el mundo –y lo vive– a pie de calle. Si, por un lado, sí que cumple el estereotipo del escritor bebedor y juerguista, por el otro nos presenta facetas de su vida que no se corresponden en absoluto con la imagen ordinaria del demiurgo literario. Así, vemos en estas páginas a Miguel Ángel Hernández sufrir en el gimnasio con la elíptica o acudir a la nutricionista para tratar sus problemas de sobrepeso. Yo nunca había visto a un escritor hablar de sus visitas a la nutricionista.

Otro ejemplo son sus vacaciones. De las vacaciones de un escritor, uno puede esperar dos cosas: o que se vaya con una mochila a recorrer el Tíbet o que se aloje en una villa italiana y se dedique a componer sonetos a las ruinas de Roma. Pero Miguel Ángel Hernández no hace ni una cosa ni otra. Miguel Ángel Hernández se va de vacaciones a un balneario en Alhama de Aragón. Y no se va uno o dos días; se va una semana entera. Además de todo esto, es fan del Real Madrid y se viste con zaragüel y esparteñas para el Bando de la Huerta de Murcia.

“¿Cómo va a ser un gran escritor si es un vecino mío?”, preguntaba sorprendido a la prensa un mexicano cuando le dieron el premio Nobel a Gabriel García Márquez. Miguel Ángel Hernández es ese vecino tuyo que resulta ser un magnífico escritor.

Aquí y ahora es, como ya he señalado, el diario de escritura de una novela. A lo largo, de todos esos meses de escritura, vemos al autor obsesionado con contar su historia de la mejor forma posible, levantarse en mitad de la noche para escribir un párrafo que le acaba de venir a la mente, saltar de la silla y pasearse nervioso por la habitación cuando da con la tecla exacta, afrontar con coraje una tarea que siente que lo sobrepasa. La novela que Miguel Ángel Hernández está escribiendo se titula El dolor de los demás, pero uno siente, al leer este diario, que es el propio autor quien acumula un dolor muy profundo, que la escritura de esa novela es una forma de enfrentarse a sus peores fantasmas. Es en esos momentos cuando descubrimos la talla literaria de este escritor, son esas las páginas que nos muestran con toda claridad su compromiso inquebrantable con la literatura: 

La cuestión en tu caso es que ya sabes que [la novela] va a doler. A todos. Y no es que no te importe, sino que piensas correr el riesgo. A veces uno escribe porque no tiene más remedio que hacerlo. Escribir es arriesgarse. En ocasiones, a perderlo todo.

Pero Aquí y ahora no es solo una declaración de amor a la literatura. Es también, y por encima de todo, un himno a la amistad. Día tras día vemos al autor acudir a distintos actos y beber en los bares en la mejor de las compañías: la de la gente que te quiere, la de la gente a quien tú quieres. Leo parece ser uno de sus más fieles escuderos, pero es interminable la lista de personas con las que comparte instantes felices de su vida, porque no es una lista cerrada, sino siempre abierta a nuevas incorporaciones. Si algo nos revela este libro es que Miguel Ángel Hernández no es solo un gran escritor; es también un excelente amigo. Una de las frases que más se repiten en estas páginas es: “Celebráis la amistad.” Aquí y ahora es una muestra de esa celebración. Una celebración que, a medida que uno avanza en la lectura y va conociendo más a Miguel Ángel, acaba por contagiarse al lector. Y este es tal vez el mayor mérito de este libro: que lo empiezas riéndote de su faja y lo acabas deseando ser amigo de su autor.

Fue precisamente en uno de esos instantes de celebración cuando vi que nombraban a un compañero mío de la carrera. Hice una foto de ese párrafo y se la envié por whatsapp a mi amigo David, también compañero de la carrera. Me sorprendió que reconociera al instante la escritura del autor.

–¿Estás leyendo a Miguel Ángel Hernández? No sabía que conocía a Manu.

–¿Lo conoces?

–Sí, bastante. Y es superbuen novelista. Sus tres novelas son buenísimas.

–Yo pensaba que era un autor desconocido.

–Tiene un nombre muy corriente. Es normal que lo pienses.

–Pues que sepas que de momento no te ha nombrado.

– En su primer diario, Presente continuo, toma un avión a Copenhague y lee un libro mío durante el vuelo.

–¿Y qué dice?

–Que aprendió mucho de literatura y política.

–Voy a hacer una bibliocrónica riéndome de la faja de su libro.

– Muy del estilo de Bibliocrónicas.

–Casi toda la bibliocrónica va a ser la puñetera faja. No sé cómo le sentará.

–El tío es supermajo. Si puedes léete su segunda novela, Instante de peligro. Es muy buena.

–Vale. ¿Quieres añadir algo?

–Nada, solo que el Movimiento Antifajista se adhiere a tu bibliocrónica .

Chitty Chitty Bang Bang (Ian Fleming)

En la Fnac del Chiado, me encaminé a la estantería giratoria de la Macmillan Collector’s Library. Estaba allí para ver y para que me vieran. En medio de toda la basura young adult de cubiertas fosforitas, siempre te da prestigio examinar la sección de clásicos ingleses en tapa dura. Entre todos los volúmenes de Thomas Hardy, Jane Austen y las hermanas Brontë, hubo un librito que llamó mi atención. En la cubierta aparecía un coche antiguo y su nombre era Chitty Chitty Bang Bang. ¿Había un libro de Chitty Chitty Bang Bang? ¡Y escrito además por Ian Fleming, el creador de 007! Chitty Chitty Bang Bang era una de mis películas favoritas cuando era niño, así que tenía que hacerme con ese libro.

Sin embargo, me preocupaba la impresión que eso pudiera causar en la gente que me rodeaba. ¿Qué pensarían todos aquellos lectores de John Green si viesen que el libro que había seleccionado de la estantería de clásicos llevaba por título Chitty Chitty Bang Bang? “No eres mejor que nosotros”, me dirían. Y yo no sabría que contestar. Así que, con un rápido juego de manos que habría deslumbrado al propio Houdini (nada por aquí, nada por allá), hice como si me agenciara los Poemas escogidos de Keats cuando en realidad me estaba llevando Chitty Chitty Bang Bang.

Chitty Chitty Bang Bang es una película que ya era antigua cuando yo la vi y tenía un nivel de noñería propio de otros tiempos, pero que mi generación se tragaba sin rechistar. Su protagonista era Dick Van Dyke (el actor de Mary Poppins), que interpretaba a un inventor llamado Caractacus Pott. La película no especificaba si Caractacus había sufrido bullying en su infancia por tener ese nombre, pero sí sabíamos que era viudo y que vivía con el chalado de su padre y con sus dos hijos: un niño y una niña llamados Jeremy y Jemima, los dos muy rubitos, con voz de castrati en si menor, supuestamente pobres, pero con un gran potencial para el pijerío.  

Y, como en toda historia de este tipo, no podía faltar aquí el elemento romántico, personificado en Truly, la hija de un rico fabricante de golosinas, quien, tras un sinfín de aventuras, se casará, según nos deja entrever el final de la película, con Caractacus Pott y se convertirá en su esposa fiel, en un ama de casa ejemplar y en la madre que Jeremy y Jemima nunca tuvieron y, gracias a este matrimonio tan conveniente, los niños podrán ir por fin a un colegio de pago y codearse con la futura clase dirigente de Inglaterra. Un matrimonio que imaginamos, en este caso, sin lecho mancillado ni caricias indecorosas. En estas películas es todo muy inocentón, muy edulcorado. Tú ves Chitty Chitty Bang Bang y después un episodio de La tribu de los Brady y se te disparan los niveles de azúcar.

¿Y cómo se conocen Truly y Caractacus? Aquí viene lo mejor. Se conocen en un accidente de carretera. Caractacus y los niños van montados en Chitty Chitty Bang Bang (porque, no lo hemos dicho, pero esta película va de un coche mágico llamado así) y se cruzan con Truly, una mujer de cuarenta años ataviada con un vestido de primera comunión, pomposo a más no poder, que conduce en dirección prohibida. Para evitar el choque, Truly se mete en un barrizal y –¡oh, Fortuna!– no puede salir de su coche sin mancharse ese precioso vestido blanco que refleja la candidez de su alma. Pero que no se amohínen vuestros corazones porque Caractacus Pott, en un acto de gallardía sin igual, se adentra en el barro y toma a Truly en sus brazos bien torneados para lograr que su vestido quede libre de toda mácula. Yo creo que no habría habido suficientes pañuelos en el mundo para secar las lágrimas de los espectadores si a Truly se le llega a manchar ese vestido.

En resumidas cuentas, Truly es una mujer que conduce mal y que necesita que un hombre venga a liberarla del barro para evitar que se le manche el vestido. Truly es un personaje que hoy sería sacrificado en el altar de la crítica con perspectiva de género.

Vamos a avanzar porque esto ya está durando demasiado. El caso es que, después de muchas aventuras, estos cuatro personajes tan encantadores van volando en Chitty Chitty Bang Bang hasta una tierra desconocida donde todos los vecinos cierran sus puertas y ventanas ante la visión de los recién llegados. Y aquí es cuando hace su entrada el actor de Benny Hill, con rostro serio de gran preocupación, demostrando que era capaz de desplegar todo un repertorio dramático más allá del rol de dar palmaditas en la calva y correr delante de mujeres desnudas en el que se había encasillado (¡qué gran Hamlet se perdió el London Classic Theatre!).

Sale, ya digo, Benny Hill y les dice: “¿Pero adónde van ustedes? ¿No saben que los niños están prohibidos en Bulgaria?” Y aquí, amigos, es cuando nos aparece el problema del betacismo.

–¿Betacismo ? ¿Qué c*** es eso ? –se preguntará el lector de estas líneas, mientras pasa por el scroll del ratón su dedo lleno de grasa de chips de Matutano.

El betacismo es un fenómeno lingüístico que se da en el español y que consiste en la confusión de B y V, lo cual hace que las palabras baca y vaca se pronuncien igual (por cierto, hace décadas que no oigo a nadie usar la palabra baca). Y por culpa de este fenómeno, aquel niño inocente que yo era no supo que, cuando el doblador de Benny Hill decía Bulgaria, en realidad estaba diciendo Vulgaria. El problema es que Vulgaria es un nombre de país imaginario, pero Bulgaria no lo es, y este hecho hacía que aquel niño (que competía en candor con Jeremy y Jemima) se preguntara con inquietud: “¿Estaban prohibidos los niños en Bulgaria? Y, si no lo estaban en el presente, ¿lo habían estado en el pasado?”. Estas eran preguntas que me torturaban y que explican en gran parte el ser atormentado en el que me he convertido.

Así que ya podéis imaginar mi desasosiego cuando hace unos años me presenté a una plaza de profesor en Europa del Este y me mandaron a Bulgaria. ¡Bulgaria –pensé–, el país donde los niños están prohibidos! Luego, al llegar allí, descubrí que no sólo no estaban prohibidos, sino que había muchos más que en España, y fueron tal vez esos niños inesperados los que me ayudaron a sobrellevar la amargura de aquella época porque, cuando veía mi ánimo flaquear y me sentía como Ovidio en el destierro, nada me reconciliaba más con la vida que sentarme en un banco del parque y ver a esos niños jugar, y alguna vez pensé que, si yo fuera un poeta intimista irlandés, me gustaría escribir un soneto titulado Children of Bulgaria.

Todo esto explica por qué, a mis 36 años, me apeteció de repente leer un libro infantil titulado Chitty Chitty Bang Bang. Y al leerlo he aprendido dos cosas. La primera es que Caractacus es el nombre de un caudillo que se enfrentó a los romanos durante la conquista de Britania. La segunda es que la matrícula del coche, que es Gen 11, puede leerse como genii, que es el plural de genie, o sea, genio (sé qué ahora estáis deseando ir a una casa con niños que estén viendo Chitty Chitty Bang Bang para impresionar a todos los adultos con estos datos).

La historia del libro, sin embargo, es muy distinta de la película. Aquí no aparece el abuelo (que siempre me sobró en la película), ni tampoco Truly con su vestido blanco, que ha sido sustituida por una madre que se llama Mimsie (aún no he decidido qué nombre me parece más cursi: si Truly o Mimsie). Y lo peor de todo: no aparece Vulgaria (ni Bulgaria), ni Benny Hill, ni el personaje más aterrador de la película y de toda mi infancia: el cazador de niños, que tenía una nariz especialmente desarrollada para detectarlos. A mí que no me vengan Cyranos a cantarle al amor. Para mí un narizotas siempre me retrotraerá al terror infantil del cazador de niños.

En el libro, los personajes descubren una cueva que oculta un arsenal de armas de un famoso criminal (que, como villano, no le llega ni a la suela de los zapatos al cazador de niños) conocido como Joe the Monster y… Y no os cuento el final porque sé que estáis deseando leer el libro.

Así que ya sabéis: si alguna vez os veis metidos en una conversación de gafapastas donde se habla de adaptaciones cinematográficas que no habéis visto de libros que no habéis leído, siempre podréis intervenir y decir:

– Pues en el caso de Chitty Chitty Bang Bang también es mejor la peli que el libro.

– ¿Hay un libro de Chitty Chitty Bang Bang?

– Sí. Y, por cierto, el nombre de Caractacus…

Y ya os los habéis metido en el bolsillo.

Llegar hasta el final de esta reseña debe tener su recompensa y aquí la tenéis: asomaos al balcón de vuestra casa y gritad tres veces: “¡Chitty Chitty Bang Bang!” Ya veréis qué sorpresa.

8.38 (Luis Rodríguez)

8.38, de Luis Rodríguez, tiene un problema, y es que da igual las veces que le recomiendes esta novela a la gente porque sabes que siempre se van a equivocar al pedírsela al dependiente de la Fnac: “¿Tenéis la novela 3.28 de Luis Fernández?” “Hola, busco una novela que se llama 88 de Jesús Rodríguez.” “Es un libro que se llama 2.98 y el autor se llama Juan Luis Martínez.” “¿Tenéis un libro sobre Luis XVIII?” Y en todos los casos el dependiente de la Fnac les va a decir que no le aparece nada en la base de datos, y eso son cuatro ventas que has perdido y todo por llamar a tu novela 8.38 y por llamarte tú mismo Luis Rodríguez y no Stendhal.

8.38 entra dentro de lo que se suele denominar “novela experimental”, y el problema de las novelas experimentales es que son como los nuevos sabores de Fanta que sacan cada año: que los pruebas una vez y no están del todo mal, pero después sigues con tus Fantas de naranja y limón de toda la vida, que son las que a ti te van.

Pero 8.38 es diferente. 8.38 es una Fanta nueva cuyo sabor te convence. Es una Fanta nueva que pedirías una segunda y una tercera vez.

8.38 es “la novela de una novela no escrita”, la novela de la incapacidad del autor para escribir la novela que tiene el lector en sus manos. De ahí el título, que hace referencia al momento en que se detiene la literatura, ya que 8.38 es la hora a la que murió Dostoievski (y solo por este dato, que tal vez algún día os sirva para ganar la prueba final de un concurso de la tele, ya os ha valido la pena leer esta reseña).

No es este un libro para todo el mundo. Si buscas una novela clásica, con un patrón definido de planteamiento, nudo y desenlace, si quieres, en definitiva, una Fanta de naranja o de limón, serás incapaz de pasar de los caligramas de la primera página.

Pero si eres de los que disfrutan con el juego metaliterario, si te importa más el cómo que el qué en literatura, si te fascina el inicio de Jacques el fatalista, si piensas que la segunda parte del Quijote es superior a la primera y que, en realidad, el mejor Quijote de todos es el de Pierre Menard, entonces deberías darle una oportunidad a esta novela.

En realidad, no estoy seguro de que este libro sea una novela, pero lo que sí sé es que es tremendamente divertido, así que me da igual qué demonios sea. Es como esas parejas que, después de hacer el amor, se preguntan: “¿Tú y yo qué somos?” ¿Importa lo que seamos? Importa lo bien que lo pasamos juntos.

Y en todo caso, más allá de cómo queramos categorizarlo y más allá de su valor literario, este libro tiene un gran valor como anecdotario, como recopilación de curiosidades, sucesos históricos e historias sorprendentes con las cuales poder brillar en cualquier reunión social. Fijaos en mí, por ejemplo. La semana pasada tuve el honor de ser invitado por primera vez al salón de la condesa de A***, que recibe los jueves en su palacio de Cascais. Antes de salir de casa, abrí tres páginas al azar de 8.38 (en concreto fueron las páginas 102, 153 y 174) y saqué de cada una de ellas una historia con la que asombrar a los invitados.

Una hora después llegué al palacio de la condesa y, tras entregar mi capa y mi sombrero de copa al mayordomo, me hice anunciar en el salón y me dispuse a triunfar.

La primera ocasión se presentó cuando alguien comentó que al entierro del duque de C***, recientemente fallecido, había acudido toda la flor y nata de Lisboa. En ese momento alcé la voz para hacerme oír y dije:

–¿Sabían ustedes [pág. 153] que en el entierro de Houdini nadie se marchaba? Por si salía de la tumba.

Se produjo un silencio repentino que solo se rompió cuando la condesa, con una mirada embelesada, me dijo:

–Parece que es usted un homme d’esprit.

Y a continuación añadió:

–Será mejor que salgamos al jardín. Me vendrá bien tomar el aire. ¿Tendrá usted la gentileza de cederme su brazo?

–Será un honor, señora condesa.

Cuando me dirigía junto a ella al jardín, oí cómo se propagaban los murmullos de animosidad entre la camarilla de marchesinos y baronets aduladores de la condesa, que acababan de encontrar en mí a un poderoso rival.

–¿Quién demonios es ese?

–Un escritor, parece.

–¿De veras? A él y a todos los de su calaña los mandaba yo a la hoguera.

Mientras nos paseábamos por el jardín bajo el claro de luna, embriagados por la fragancia de las rosas, apareció un lacayo y le entregó a la condesa una nota doblada en dos. Aquí fue cuando aproveché para escanciar mi segunda gota de ingenio:

–¿Saben ustedes [pág. 174] que doblar un papel 8 veces supone doblar 128 folios? Nadie tiene la fuerza para ello. ¿Y saben que si lo dobláramos 42 veces llegaríamos a la luna? En este caso, solo sería necesario doblarlo una vez más para recorrer la distancia de vuelta.

–¡Qué curioso! –dijo la condesa–. Nunca me había parado a pensarlo.

Volvimos al salón, donde los criados se disponían a servir un Oporto, y de nuevo escuché frases de escarnio a mis espaldas.

–¡Jovenzuelo engreído!

–Está apuntando más alto de lo que su bala puede alcanzar.

–Apuesto a que el frac que lleva es alquilado.

Mientras degustaba mi Oporto, observé que, en una de las paredes, había una reproducción de El beso, de Francesco Hayez, y supe que había llegado el momento de maravillar a todo mi auditorio con la tercera y última anécdota.

–Este cuadro me ha hecho recordar una historia [pág. 102] que tuvo lugar en 1937 en plena Guerra Civil, en Santander. Todas las tardes, a la misma hora, un hombre y una mujer se besaban en la plaza de la Esperanza. Y nadie podía imaginar por qué siempre se besaban exactamente a esa hora.

–¿A qué obedecía tan escrupulosa puntualidad? –preguntó la condesa, intrigada.

–El hombre y la mujer se daban besos largos y cortos. Y, al entregarse a tan deliciosa tarea, estaban mandando información a un hombre que los miraba desde su ventana con unos prismáticos. Esos besos largos y cortos eran código morse.

–¡Qué historia tan encantadora! –exclamó la condesa, quien se pasó el resto de la velada haciéndome gestos con su abanico. Gestos que yo no logré descifrar porque soy un advenedizo y no estoy versado en los códigos secretos de las damas de la corte.

Se había hecho ya muy tarde y supe que mi triunfo había sido total cuando, al despedirme, y para sorpresa de todos, la condesa en persona me acompañó a la puerta.

–Todos estos caballeros son tan aburridos –me dijo en un tono lastimero–. Ha sido usted todo un soplo de aire fresco en este viejo salón.

Supe que debía responder a este cumplido de forma ingeniosa, pero ya se me habían agotado todas las anécdotas que me había preparado, así que, para ocultar que no sabía qué decir, tomé la mano de la condesa y se la besé.

La audacia de este gesto hizo que su admiración por mí se multiplicase por cien.

–Será un placer contar con su presencia el próximo jueves –me dijo–. Ya lo sabe: a las ocho.

–No, señora condesa –le respondí–. Yo vendré a las ocho y treinta y ocho.

Así que ya lo sabéis: el libro se llama 8.38 y su autor es Luis Rodríguez. ¿Lo recordaréis? ¿Seguro que no os equivocaréis al pedirlo? ¿No sería mejor que os lo apuntarais? Maldita sea, aquí tenéis el link para comprarlo: https://www.candaya.com/libro/838/