8.38 (Luis Rodríguez)

8.38, de Luis Rodríguez, tiene un problema, y es que da igual las veces que le recomiendes esta novela a la gente porque sabes que siempre se van a equivocar al pedírsela al dependiente de la Fnac: “¿Tenéis la novela 3.28 de Luis Fernández?” “Hola, busco una novela que se llama 88 de Jesús Rodríguez.” “Es un libro que se llama 2.98 y el autor se llama Juan Luis Martínez.” “¿Tenéis un libro sobre Luis XVIII?” Y en todos los casos el dependiente de la Fnac les va a decir que no le aparece nada en la base de datos, y eso son cuatro ventas que has perdido y todo por llamar a tu novela 8.38 y por llamarte tú mismo Luis Rodríguez y no Stendhal.

8.38 entra dentro de lo que se suele denominar “novela experimental”, y el problema de las novelas experimentales es que son como los nuevos sabores de Fanta que sacan cada año: que los pruebas una vez y no están del todo mal, pero después sigues con tus Fantas de naranja y limón de toda la vida, que son las que a ti te van.

Pero 8.38 es diferente. 8.38 es una Fanta nueva cuyo sabor te convence. Es una Fanta nueva que pedirías una segunda y una tercera vez.

8.38 es “la novela de una novela no escrita”, la novela de la incapacidad del autor para escribir la novela que tiene el lector en sus manos. De ahí el título, que hace referencia al momento en que se detiene la literatura, ya que 8.38 es la hora a la que murió Dostoievski (y solo por este dato, que tal vez algún día os sirva para ganar la prueba final de un concurso de la tele, ya os ha valido la pena leer esta reseña).

No es este un libro para todo el mundo. Si buscas una novela clásica, con un patrón definido de planteamiento, nudo y desenlace, si quieres, en definitiva, una Fanta de naranja o de limón, serás incapaz de pasar de los caligramas de la primera página.

Pero si eres de los que disfrutan con el juego metaliterario, si te importa más el cómo que el qué en literatura, si te fascina el inicio de Jacques el fatalista, si piensas que la segunda parte del Quijote es superior a la primera y que, en realidad, el mejor Quijote de todos es el de Pierre Menard, entonces deberías darle una oportunidad a esta novela.

En realidad, no estoy seguro de que este libro sea una novela, pero lo que sí sé es que es tremendamente divertido, así que me da igual qué demonios sea. Es como esas parejas que, después de hacer el amor, se preguntan: “¿Tú y yo qué somos?” ¿Importa lo que seamos? Importa lo bien que lo pasamos juntos.

Y en todo caso, más allá de cómo queramos categorizarlo y más allá de su valor literario, este libro tiene un gran valor como anecdotario, como recopilación de curiosidades, sucesos históricos e historias sorprendentes con las cuales poder brillar en cualquier reunión social. Fijaos en mí, por ejemplo. La semana pasada tuve el honor de ser invitado por primera vez al salón de la condesa de A***, que recibe los jueves en su palacio de Cascais. Antes de salir de casa, abrí tres páginas al azar de 8.38 (en concreto fueron las páginas 102, 153 y 174) y saqué de cada una de ellas una historia con la que asombrar a los invitados.

Una hora después llegué al palacio de la condesa y, tras entregar mi capa y mi sombrero de copa al mayordomo, me hice anunciar en el salón y me dispuse a triunfar.

La primera ocasión se presentó cuando alguien comentó que al entierro del duque de C***, recientemente fallecido, había acudido toda la flor y nata de Lisboa. En ese momento alcé la voz para hacerme oír y dije:

–¿Sabían ustedes [pág. 153] que en el entierro de Houdini nadie se marchaba? Por si salía de la tumba.

Se produjo un silencio repentino que solo se rompió cuando la condesa, con una mirada embelesada, me dijo:

–Parece que es usted un homme d’esprit.

Y a continuación añadió:

–Será mejor que salgamos al jardín. Me vendrá bien tomar el aire. ¿Tendrá usted la gentileza de cederme su brazo?

–Será un honor, señora condesa.

Cuando me dirigía junto a ella al jardín, oí cómo se propagaban los murmullos de animosidad entre la camarilla de marchesinos y baronets aduladores de la condesa, que acababan de encontrar en mí a un poderoso rival.

–¿Quién demonios es ese?

–Un escritor, parece.

–¿De veras? A él y a todos los de su calaña los mandaba yo a la hoguera.

Mientras nos paseábamos por el jardín bajo el claro de luna, embriagados por la fragancia de las rosas, apareció un lacayo y le entregó a la condesa una nota doblada en dos. Aquí fue cuando aproveché para escanciar mi segunda gota de ingenio:

–¿Saben ustedes [pág. 174] que doblar un papel 8 veces supone doblar 128 folios? Nadie tiene la fuerza para ello. ¿Y saben que si lo dobláramos 42 veces llegaríamos a la luna? En este caso, solo sería necesario doblarlo una vez más para recorrer la distancia de vuelta.

–¡Qué curioso! –dijo la condesa–. Nunca me había parado a pensarlo.

Volvimos al salón, donde los criados se disponían a servir un Oporto, y de nuevo escuché frases de escarnio a mis espaldas.

–¡Jovenzuelo engreído!

–Está apuntando más alto de lo que su bala puede alcanzar.

–Apuesto a que el frac que lleva es alquilado.

Mientras degustaba mi Oporto, observé que, en una de las paredes, había una reproducción de El beso, de Francesco Hayez, y supe que había llegado el momento de maravillar a todo mi auditorio con la tercera y última anécdota.

–Este cuadro me ha hecho recordar una historia [pág. 102] que tuvo lugar en 1937 en plena Guerra Civil, en Santander. Todas las tardes, a la misma hora, un hombre y una mujer se besaban en la plaza de la Esperanza. Y nadie podía imaginar por qué siempre se besaban exactamente a esa hora.

–¿A qué obedecía tan escrupulosa puntualidad? –preguntó la condesa, intrigada.

–El hombre y la mujer se daban besos largos y cortos. Y, al entregarse a tan deliciosa tarea, estaban mandando información a un hombre que los miraba desde su ventana con unos prismáticos. Esos besos largos y cortos eran código morse.

–¡Qué historia tan encantadora! –exclamó la condesa, quien se pasó el resto de la velada haciéndome gestos con su abanico. Gestos que yo no logré descifrar porque soy un advenedizo y no estoy versado en los códigos secretos de las damas de la corte.

Se había hecho ya muy tarde y supe que mi triunfo había sido total cuando, al despedirme, y para sorpresa de todos, la condesa en persona me acompañó a la puerta.

–Todos estos caballeros son tan aburridos –me dijo en un tono lastimero–. Ha sido usted todo un soplo de aire fresco en este viejo salón.

Supe que debía responder a este cumplido de forma ingeniosa, pero ya se me habían agotado todas las anécdotas que me había preparado, así que, para ocultar que no sabía qué decir, tomé la mano de la condesa y se la besé.

La audacia de este gesto hizo que su admiración por mí se multiplicase por cien.

–Será un placer contar con su presencia el próximo jueves –me dijo–. Ya lo sabe: a las ocho.

–No, señora condesa –le respondí–. Yo vendré a las ocho y treinta y ocho.

Así que ya lo sabéis: el libro se llama 8.38 y su autor es Luis Rodríguez. ¿Lo recordaréis? ¿Seguro que no os equivocaréis al pedirlo? ¿No sería mejor que os lo apuntarais? Maldita sea, aquí tenéis el link para comprarlo: https://www.candaya.com/libro/838/

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