Chitty Chitty Bang Bang (Ian Fleming)

En la Fnac del Chiado, me encaminé a la estantería giratoria de la Macmillan Collector’s Library. Estaba allí para ver y para que me vieran. En medio de toda la basura young adult de cubiertas fosforitas, siempre te da prestigio examinar la sección de clásicos ingleses en tapa dura. Entre todos los volúmenes de Thomas Hardy, Jane Austen y las hermanas Brontë, hubo un librito que llamó mi atención. En la cubierta aparecía un coche antiguo y su nombre era Chitty Chitty Bang Bang. ¿Había un libro de Chitty Chitty Bang Bang? ¡Y escrito además por Ian Fleming, el creador de 007! Chitty Chitty Bang Bang era una de mis películas favoritas cuando era niño, así que tenía que hacerme con ese libro.

Sin embargo, me preocupaba la impresión que eso pudiera causar en la gente que me rodeaba. ¿Qué pensarían todos aquellos lectores de John Green si viesen que el libro que había seleccionado de la estantería de clásicos llevaba por título Chitty Chitty Bang Bang? “No eres mejor que nosotros”, me dirían. Y yo no sabría que contestar. Así que, con un rápido juego de manos que habría deslumbrado al propio Houdini (nada por aquí, nada por allá), hice como si me agenciara los Poemas escogidos de Keats cuando en realidad me estaba llevando Chitty Chitty Bang Bang.

Chitty Chitty Bang Bang es una película que ya era antigua cuando yo la vi y tenía un nivel de noñería propio de otros tiempos, pero que mi generación se tragaba sin rechistar. Su protagonista era Dick Van Dyke (el actor de Mary Poppins), que interpretaba a un inventor llamado Caractacus Pott. La película no especificaba si Caractacus había sufrido bullying en su infancia por tener ese nombre, pero sí sabíamos que era viudo y que vivía con el chalado de su padre y con sus dos hijos: un niño y una niña llamados Jeremy y Jemima, los dos muy rubitos, con voz de castrati en si menor, supuestamente pobres, pero con un gran potencial para el pijerío.  

Y, como en toda historia de este tipo, no podía faltar aquí el elemento romántico, personificado en Truly, la hija de un rico fabricante de golosinas, quien, tras un sinfín de aventuras, se casará, según nos deja entrever el final de la película, con Caractacus Pott y se convertirá en su esposa fiel, en un ama de casa ejemplar y en la madre que Jeremy y Jemima nunca tuvieron y, gracias a este matrimonio tan conveniente, los niños podrán ir por fin a un colegio de pago y codearse con la futura clase dirigente de Inglaterra. Un matrimonio que imaginamos, en este caso, sin lecho mancillado ni caricias indecorosas. En estas películas es todo muy inocentón, muy edulcorado. Tú ves Chitty Chitty Bang Bang y después un episodio de La tribu de los Brady y se te disparan los niveles de azúcar.

¿Y cómo se conocen Truly y Caractacus? Aquí viene lo mejor. Se conocen en un accidente de carretera. Caractacus y los niños van montados en Chitty Chitty Bang Bang (porque, no lo hemos dicho, pero esta película va de un coche mágico llamado así) y se cruzan con Truly, una mujer de cuarenta años ataviada con un vestido de primera comunión, pomposo a más no poder, que conduce en dirección prohibida. Para evitar el choque, Truly se mete en un barrizal y –¡oh, Fortuna!– no puede salir de su coche sin mancharse ese precioso vestido blanco que refleja la candidez de su alma. Pero que no se amohínen vuestros corazones porque Caractacus Pott, en un acto de gallardía sin igual, se adentra en el barro y toma a Truly en sus brazos bien torneados para lograr que su vestido quede libre de toda mácula. Yo creo que no habría habido suficientes pañuelos en el mundo para secar las lágrimas de los espectadores si a Truly se le llega a manchar ese vestido.

En resumidas cuentas, Truly es una mujer que conduce mal y que necesita que un hombre venga a liberarla del barro para evitar que se le manche el vestido. Truly es un personaje que hoy sería sacrificado en el altar de la crítica con perspectiva de género.

Vamos a avanzar porque esto ya está durando demasiado. El caso es que, después de muchas aventuras, estos cuatro personajes tan encantadores van volando en Chitty Chitty Bang Bang hasta una tierra desconocida donde todos los vecinos cierran sus puertas y ventanas ante la visión de los recién llegados. Y aquí es cuando hace su entrada el actor de Benny Hill, con rostro serio de gran preocupación, demostrando que era capaz de desplegar todo un repertorio dramático más allá del rol de dar palmaditas en la calva y correr delante de mujeres desnudas en el que se había encasillado (¡qué gran Hamlet se perdió el London Classic Theatre!).

Sale, ya digo, Benny Hill y les dice: “¿Pero adónde van ustedes? ¿No saben que los niños están prohibidos en Bulgaria?” Y aquí, amigos, es cuando nos aparece el problema del betacismo.

–¿Betacismo ? ¿Qué c*** es eso ? –se preguntará el lector de estas líneas, mientras pasa por el scroll del ratón su dedo lleno de grasa de chips de Matutano.

El betacismo es un fenómeno lingüístico que se da en el español y que consiste en la confusión de B y V, lo cual hace que las palabras baca y vaca se pronuncien igual (por cierto, hace décadas que no oigo a nadie usar la palabra baca). Y por culpa de este fenómeno, aquel niño inocente que yo era no supo que, cuando el doblador de Benny Hill decía Bulgaria, en realidad estaba diciendo Vulgaria. El problema es que Vulgaria es un nombre de país imaginario, pero Bulgaria no lo es, y este hecho hacía que aquel niño (que competía en candor con Jeremy y Jemima) se preguntara con inquietud: “¿Estaban prohibidos los niños en Bulgaria? Y, si no lo estaban en el presente, ¿lo habían estado en el pasado?”. Estas eran preguntas que me torturaban y que explican en gran parte el ser atormentado en el que me he convertido.

Así que ya podéis imaginar mi desasosiego cuando hace unos años me presenté a una plaza de profesor en Europa del Este y me mandaron a Bulgaria. ¡Bulgaria –pensé–, el país donde los niños están prohibidos! Luego, al llegar allí, descubrí que no sólo no estaban prohibidos, sino que había muchos más que en España, y fueron tal vez esos niños inesperados los que me ayudaron a sobrellevar la amargura de aquella época porque, cuando veía mi ánimo flaquear y me sentía como Ovidio en el destierro, nada me reconciliaba más con la vida que sentarme en un banco del parque y ver a esos niños jugar, y alguna vez pensé que, si yo fuera un poeta intimista irlandés, me gustaría escribir un soneto titulado Children of Bulgaria.

Todo esto explica por qué, a mis 36 años, me apeteció de repente leer un libro infantil titulado Chitty Chitty Bang Bang. Y al leerlo he aprendido dos cosas. La primera es que Caractacus es el nombre de un caudillo que se enfrentó a los romanos durante la conquista de Britania. La segunda es que la matrícula del coche, que es Gen 11, puede leerse como genii, que es el plural de genie, o sea, genio (sé qué ahora estáis deseando ir a una casa con niños que estén viendo Chitty Chitty Bang Bang para impresionar a todos los adultos con estos datos).

La historia del libro, sin embargo, es muy distinta de la película. Aquí no aparece el abuelo (que siempre me sobró en la película), ni tampoco Truly con su vestido blanco, que ha sido sustituida por una madre que se llama Mimsie (aún no he decidido qué nombre me parece más cursi: si Truly o Mimsie). Y lo peor de todo: no aparece Vulgaria (ni Bulgaria), ni Benny Hill, ni el personaje más aterrador de la película y de toda mi infancia: el cazador de niños, que tenía una nariz especialmente desarrollada para detectarlos. A mí que no me vengan Cyranos a cantarle al amor. Para mí un narizotas siempre me retrotraerá al terror infantil del cazador de niños.

En el libro, los personajes descubren una cueva que oculta un arsenal de armas de un famoso criminal (que, como villano, no le llega ni a la suela de los zapatos al cazador de niños) conocido como Joe the Monster y… Y no os cuento el final porque sé que estáis deseando leer el libro.

Así que ya sabéis: si alguna vez os veis metidos en una conversación de gafapastas donde se habla de adaptaciones cinematográficas que no habéis visto de libros que no habéis leído, siempre podréis intervenir y decir:

– Pues en el caso de Chitty Chitty Bang Bang también es mejor la peli que el libro.

– ¿Hay un libro de Chitty Chitty Bang Bang?

– Sí. Y, por cierto, el nombre de Caractacus…

Y ya os los habéis metido en el bolsillo.

Llegar hasta el final de esta reseña debe tener su recompensa y aquí la tenéis: asomaos al balcón de vuestra casa y gritad tres veces: “¡Chitty Chitty Bang Bang!” Ya veréis qué sorpresa.

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