Adiós, señor Chips (James Hilton)

 Querido señor Dannet:

Han pasado 27 años desde que usted fue mi profesor y no sé si se acordará de mí, aunque tal vez la peculiaridad de mi nombre le despierte algún recuerdo dormido en el tiempo (no creo que haya tenido en su vida muchos alumnos que se llamen Celso). Si hoy nos encontráramos no me reconocería, pero quisiera pensar que, si volviese a ver la foto que nos hicimos todos sus alumnos en el patio de la escuela, sí podría usted reconocer mi cara entre todas las de mis compañeros, pues como dice el señor Chipping en Adiós, señor Chips:

[…] sobre todo recuerdo las caras. Nunca las he olvidado. Tengo miles de caras en la memoria […]. Si vienen a verme dentro de unos años, como espero que hagan todos, intentaré recordar la cara que tenían años atrás, pero es posible que no pueda y que un día, si me ven en algún sitio y no los reconozco, se digan: “El viejo profesor no se acuerda de mí.” […] Pero me acuerdo de ustedes… tal como son ahora. Esa es la cuestión. En mi cabeza, ustedes no crecen. Nunca. 

Han pasado ya casi tres décadas de aquella mañana de septiembre de mi primer día de cuarto de primaria, pero el recuerdo permanece más vívido en mi mente que el de la mañana de ayer. Estábamos todos los alumnos en el patio frente a una plataforma, formando fila en parejas en nuestros nuevos grupos, esperando a que llegasen las profesoras con las que habríamos de sobrellevar aquel curso. Los conserjes iban llamando a cada grupo y les anunciaban el nombre de la profesora que les había tocado. La profesora subía entonces a la plataforma y, revestida ya de toda autoridad por la altura desde la que nos miraba, hacía un gesto a su grupo para que caminase tras ella hacia un aula del edificio principal.

En aquella época, casi todas las maestras de esa escuela francesa respondían a un mismo patrón: mujeres de edad avanzada, con gafas de concha y de gesto adusto. Iban apareciendo, una tras otra, como sargentos que viniesen a hacerse cargo de un pelotón de infantería y cuya primera orden era: “Seguidme”. El patio se iba vaciando conforme aquellos pelotones abandonaban la escena, marchando con paso nervioso al ritmo que les marcaban, y, más de una vez, los que permanecíamos a la espera respiramos aliviados al comprobar que nos habíamos librado de alguna maestra de severidad afamada.

Finalmente llegó nuestro turno y, tras una señal del conserje, apareció usted. Una estupefacción general se apoderó de nosotros y de la primera a la última fila se fue repitiendo una frase que condensaba en tres palabras la magnitud de nuestra sorpresa:

–¡Es un hombre!

Usted era un hombre, sí, y no solo eso, sino que además era joven. Pensé en aquella actividad que habíamos hecho en cursos anteriores de Busca al intruso, en la que nos daban una lista de palabras y teníamos que buscar aquella que, por algún motivo, era distinta a las demás. Usted, un hombre joven en medio de tanta maestra cercana a la jubilación, era el intruso de la lista. ¿De dónde diablos había salido?

Todos los profesores hombres que habíamos visto en el patio, mucho más viejos que usted, daban clase en secundaria, en los cursos de los mayores, y la prueba de ello era que portaban aquel elemento que siempre diferenció a los profesores y profesoras de secundaria de las maestras de primaria: un maletín en la mano. Y ahora descubríamos que un hombre sin maletín iba a ser nuestro profesor y las preguntas se sucedían en nuestra mente. ¿Desde cuándo había maestros de primaria hombres en aquella escuela? Sin duda usted debía de ser el único. ¿Cómo sería dar clase con un hombre? Y lo más importante de todo: ¿qué clase de hombre era usted?

Todas esas preguntas las responderíamos más tarde, pero de momento tan solo sabíamos que nuestro nuevo profesor era ese tipo que nos observaba desde la plataforma ataviado con unos náuticos, una camisa estampada y… unos pantalones cortos. ¡Un profesor en pantalones cortos! Ese hecho de por sí ya era pasmoso, pero más aún lo era la dignidad que conseguía tener vestido con ellos. No he visto a nadie en toda mi vida a quien le sienten unos pantalones cortos mejor que a usted. En todo caso, no tuvimos tiempo de prestarle mucha atención a sus pantalones porque el comentario atónito de un compañero nos hizo desviar la mirada hacia arriba:

–¡Lleva un pendiente!

Ese detalle eclipsó a todas las sorpresas anteriores y nos produjo una fascinación sin igual. Hoy no tendría la menor importancia que un profesor llevara pendiente, pero hace 27 años, en aquella escuela de normas tan rígidas, aquello nos pareció lo más rompedor que habíamos presenciado y de inmediato nos sentimos afortunados de ser sus alumnos. Usted era alguien que desafiaba las normas, que iba por libre, y era nuestro profesor. ¿Tenían los otros alumnos un profesor con un pendiente? Por supuesto que no, solo nosotros lo teníamos, y fue tanta la admiración que este hecho nos provocó que, durante los meses siguientes, cuando algún adulto nos preguntaba cómo era nuestro profesor, siempre tratábamos de epatarlos respondiendo con orgullo la misma frase:

–Es un hombre y lleva un pendiente.

Aquel primer día de clase supimos que usted era diferente, pero tuvo que pasar un tiempo para que pudiésemos apreciar la verdadera dimensión de esa diferencia. Si el pendiente nos había dejado descolocados, no fue menor nuestra sorpresa cuando, pasados los calores de septiembre, se presentó en clase con la ropa con la que sin duda más a gusto se sentía y con la que siempre lo recuerdo cuando pienso en usted: pantalones vaqueros, un cinturón con una gran hebilla plateada, botas de cantante de rock y una chupa de cuero. Y, por si eso no bastara, nuestro deslumbramiento fue completo el día en que descubrimos que usted tenía una moto. Sí, entre todos los coches aparcados a la salida del colegio, aquella moto solitaria, envuelta en un aura de aventura, le pertenecía a usted. Un nuevo motivo de orgullo para nosotros, otra singularidad de la que alardear ante los demás: nuestro profesor venía a clase en moto. Y alguna vez sucedía, al final de la jornada, cuando estábamos en el patio a la espera de tomar el autobús de vuelta a casa, que se oía una voz que anunciaba: “¡Va a subirse a la moto!”, y al momento nos arremolinábamos todos frente a la verja para verlo a usted ponerse el casco y subirse a su moto, cual si fuera un caballero medieval que se colocase el yelmo con celada y montase a lomos de un brioso corcel.

Sin embargo, todos estos elementos de su apariencia no eran más que meras anécdotas frente al verdadero cambio que marcó aquellos dos años que pasamos juntos, aquel punto de inflexión que supuso en nuestra vida de colegiales la naturaleza serena de su carácter. En Adiós, señor Chips, cuando el joven profesor Chipping llega al vetusto internado de Brookfield, el director le alerta sobre la importancia de saber mantener la disciplina: “Adopte una actitud firme desde el principio, ese es el secreto.” Ese era el secreto de Brookfield y también había sido siempre el de nuestra escuela, pero, por algún extraño motivo, usted no parecía estar al tanto de ese secreto, y tampoco parecía necesitarlo, pues tenía el suyo propio, que era todavía mejor. Usted no se ganó nuestra obediencia con un tono autoritario o con la amenaza de castigos, sino que con su temperamento afable y su inagotable gentileza se ganó para siempre nuestro corazón.

Usted siempre nos trató con la mayor cortesía y había algo de cautivador en su persona, en su apacible entereza, que nos hacía sentir por usted el mayor de los respetos. Creo que el secreto era que nos sentíamos felices en clase y que, si no hubo nunca problemas graves de disciplina, fue, más que por miedo a las represalias, por temor a defraudarlo. Éramos felices gracias a usted y por eso también queríamos que usted lo fuera. Solo hubo una ocasión, en los dos años en que estuvimos juntos, en que usted levantó la voz, un día en que se produjo un gran barullo en clase. Digo que levantó la voz porque aquello no llegó ni siquiera a la categoría de grito. Nos quedamos tan asombrados de que alguien tan sosegado como usted pudiera llegar mínimamente a irritarse que esa sorpresa bastó para que nos calláramos todos de inmediato.

Además de su carácter, otro de los elementos que lo diferenciaban era la importancia que usted concedía en sus clases a la música. Uno o dos días por semana, usted acudía con su guitarra a la espalda y eso significaba que aquella tarde, al final de la clase, cantaríamos juntos una canción. Fueron muchas las canciones que aprendimos con usted y mis favoritas fueron siempre las de amor, aquellas que aún hoy me siguen acompañando y que a aquella edad constituyeron mi primera educación sentimental. Las había risueñas y desenfadadas, como Aux Champs-Elysées, que describía el encuentro de dos desconocidos en las calles de París, o Des jonquilles aux derniers lilas, que trataba de unos amores clandestinos en una granja que siempre se veían sorprendidos por el padre de la chica. Pero había también canciones de otro género, teñidas de una profunda melancolía, como Il faut que je m’en aille (de Graeme Allwright), que hablaba de dos antiguos amantes que se vuelven a ver al cabo de muchos años. Ahora los dos están casados y tienen hijos. Celebran su reencuentro, recuerdan aquel pasado feliz y brindan por la amistad, el amor y la alegría, pero tras ello deben despedirse para volver a sus vidas. Esa fue tal vez la canción que más me marcó, porque supuso la constatación temprana de que la vida, al contrario que los cuentos, no acababa siempre con un “y vivieron felices y comieron perdices”.

Pero la presencia de la música en nuestra clase no se limitaba tan solo a esas tardes semanales. Había al fondo del aula un viejo magnetofón con unos cascos y un par de cassettes. Si un alumno acababa una actividad antes del tiempo fijado para ello, tenía derecho a abandonar su mesa, ir a sentarse junto al magnetofón y escuchar canciones mientras los demás alumnos terminaban la tarea. Como solo había espacio para uno, había que ser rápido si se quería escuchar música, y estoy seguro de que nadie en esos dos años visitó tantas veces aquel rincón como lo hice yo. A menudo tenía que rebobinar la cinta hasta dar con las canciones que me gustaban, y en esas ocasiones siempre dirigía una mirada inquieta a mis compañeros, deseando que tardasen lo más posible en resolver los problemas para que a mí me diese tiempo a escuchar mi canción. Mi favorita de todas, y que repetía una y otra vez sin cansarme, era Ça je ne l’ai jamais vu  (de nuevo de Graeme Allwright), en la que un hombre llegaba todas las noches borracho a casa y se encontraba a su mujer en compañía de su amante y, al pedirle explicaciones, ella siempre trataba de convencerlo de que el alcohol le nublaba los sentidos y que nada de lo que veía era realmente lo que parecía.

Al escribirle estas líneas y recordar aquellos tiempos, me ha apetecido volver a escuchar esa canción, así que la acabo de buscar en Youtube y esto me ha servido para descubrir otra canción de Graeme Allwright que nunca había escuchado. Se titula Qu’as-tu appris à l’école? y supongo que usted ya la conocerá. Trata de las respuestas que da un niño cuando su padre le hace la pregunta que da título a la canción:

¿Qué has aprendido hoy en la escuela, hijo mío?

He aprendido que la guerra no está tan mal,

que hay algunas grandes y especiales,

que a menudo uno lucha por su país

y que quizás yo también tendré mi oportunidad.

Eso es lo que me han dicho en la escuela, papá.

Eso es lo que me han dicho en la escuela.

Al escuchar esta canción he pensado en cuán diferente era usted al profesor del que nos habla nuestro querido Graeme, porque si aquellas canciones que usted nos enseñó fueron un disfrute para nosotros es precisamente porque nunca nos parecieron una actividad escolar. Si aprendimos tanto con ellas es porque no parecían querer enseñarnos nada, no solo porque usted nos eximió de cualquier fastidiosa tarea de explotación didáctica, sino porque jamás incurrió en uno de los pecados capitales de la pedagogía, que es tratar la literatura no como un fin en sí misma, sino como medio para transmitir unos valores, y envilecer así el arte transformándolo en moraleja.  

Cuando usted nos enseñó Le déserteur, de Boris Vian, no nos dijo, como he sabido mucho después, que era una canción contra la guerra de Argelia, no nos explicó quién demonios era Boris Vian, no nos contó qué opinaba usted de las guerras en general ni de ninguna guerra en particular. Tan solo nos repartió a cada uno una hoja con la nueva canción, sacó su guitarra y todos juntos la cantamos. Cuando aprendimos Sacrée bouteille, en la que un alcohólico va pidiendo dinero a la gente para poder pagarse una copa, usted no aprovechó la ocasión para alertarnos de los peligros del alcohol, no se le pasó por la cabeza ponernos al protagonista como ejemplo de lo mal que se puede acabar por culpa de una adicción. Jamás nos consideró usted tan estúpidos como para que, más allá de explicarnos alguna palabra desconocida, necesitásemos que alguien tuviese que interponerse entre nosotros y la canción para conjurarnos de los posibles males que nos pudiese causar o para realzar las enseñanzas morales que podían habernos pasado desapercibidas. Para usted el arte siempre fue arte, nunca catequesis, y solo espero que en estos tiempos de moralina que nos ha tocado vivir, especialmente en el ámbito educativo, pueda usted seguir cantando con sus alumnos aquellas viejas canciones con la misma libertad que tuvo con nosotros.

Al pensar en aquellos dos años que pasamos con usted, me vienen a la mente recuerdos de muchos de mis compañeros de entonces: historias sobre sus familias, sus visiones de la vida o sus sueños de futuro. Pero me doy cuenta de que no sabíamos prácticamente nada de usted. Nos sucedía con usted como en Adiós, señor Chips, en que el señor Chipping es el profesor más querido de la escuela, pero sus alumnos apenas saben nada de su vida. ¿De qué parte de Francia era usted? ¿Tenía hermanos? ¿Cuánto tiempo llevaba en España? ¿Siempre había querido ser profesor?

Lo poco que sabíamos de usted era que jugaba al tenis porque más de una vez había venido a clase con una raqueta. Es extraño llegar a querer tanto a alguien de quien se sabe tan poco, aunque, desde que me convertí yo también en profesor, tengo la impresión de haber ido conociéndolo cada vez mejor. Ahora sé, por ejemplo, que aquel primer día de clase, en que usted parecía tan tranquilo, estaba en realidad muerto de miedo, pero era un miedo que usted no podía mostrar, no por arriesgarse a perder su autoridad desde el principio, sino porque sabía que, si usted tenía miedo, nosotros teníamos mucho más, y debía mostrarse sereno para que nosotros también nos sosegáramos. Sé también que los primeros días con nosotros fueron como cuando uno templa las cuerdas de una guitarra, días en los que fue tomándole el pulso a la clase, aprendiéndose nuestros nombres, acostumbrándose a nosotros, hasta que hubo un momento en que los nervios desaparecieron, en que se encontró cómodo en nuestra compañía y sintió que la guitarra ya estaba bien afinada y podía empezar nuestra canción. Hubo un día, como en años anteriores, en que al acabar una clase, se dijo: “¡Cómo me gusta ser profesor!” Y hubo un domingo, al preparar la cena en casa, en que pensó: “¡Qué ganas tengo de volver a verlos!”

Pero sé también, señor Dannet, que no todo en su vida fueron alegrías. Sé que hubo momentos exultantes y momentos de decepción, instantes en los que se sintió pleno de confianza y otros en los que dudó de su propia capacidad, tardes en las que se le pasaron las horas volando y otras en las que miró con disimulo el reloj deseando que acabara la clase.

Sé también la importancia capital que adquiere en nuestro trabajo el factor humano, cómo repercute nuestro carácter en nuestros alumnos, pero cómo afectan también sus vidas a las nuestras: cómo nos regocijamos con sus alegrías y cómo se nos desgarra el corazón cuando descubrimos que uno de ellos está gravemente enfermo o se le ha muerto el padre o la madre. Todo eso lo sé.

Usted no tenía hijos cuando nos conocimos. Yo tampoco los tengo, pero tal vez la experiencia más cercana a la dicha y al dolor de la paternidad que pueda tener alguien como nosotros sea ejercer nuestra profesión. Como dice el viejo señor Chipping en Adiós, señor Chips:

–Creo que los oí… a uno de ustedes… decir que era una lástima…, hum, una lástima que no hubiera tenido hijos…, ¿no?… Pero los tengo, saben…, los tengo…

Los demás sonrieron sin decir nada y, después de una pausa, Chips empezó a reírse poco a poco, débilmente.

–Sí…, hum…, los tengo –añadió con una risa temblorosa–. Miles de hijos…, miles de hijos…

Y, del mismo modo que solo quien tiene un hijo puede llegar a percibir lo mucho que lo han querido sus padres, solo al convertirme en profesor he podido saber el inmenso cariño y el profundo respeto que usted nos tenía. Sabía que nos estimaba, señor Dannet, pero no podía imaginar que nos quisiese tanto.

Tampoco sospechaba entonces algo que ahora sí sé, y es que el cariño que siente el profesor por sus alumnos no se limita solo a sus estudiantes más brillantes, sino que se extiende también a los más haraganes. Hay una palabra en francés para referirse al estudiante vago, el que no trae nunca los deberes hechos y a veces ni siquiera el propio libro o un simple boli. Esa palabra es cancre, y la aprendí con usted gracias a un poema de Jacques Prévert con ese título (Le cancre) que usted nos hizo aprender de memoria. Una de las mayores sorpresas de mi vida fue descubrir cuánto cariño se puede llegar a sentir por algunos de esos cancres, esos alumnos a los que uno se ve obligado a suspender, pero por los que no puede evitar sentir una gran simpatía.

En El profesor, Franck McCourt nos habla de unos de sus muchos cancres, un alumno que se pasaba todo el tiempo mirando por la ventana, que se ponía a hacer bromas al resto de la clase cuando había que hacer una redacción y que no tenía el menor interés en aprobar porque su única aspiración en la vida era ser granjero. Seis años después McCourt se cruza con él en Lower Broadway:

Hizo una pausa y se me quedó mirando.

–Señor McCourt, a usted no le caía bien, ¿verdad?

–¿Qué no me caías bien, Bob? ¿Estás de broma? Era una alegría tenerte en mi clase. Jonathan decía que ahuyentabas la tristeza.

Díselo, McCourt, dile la verdad. Cuéntale cómo te alegraba los días, cómo hablabas de él a tus amigos, lo original que era, cómo admirabas su estilo, su buen humor, su sinceridad, su valor, cómo habrías vendido el alma a cambio de tener un hijo como él […], cuánto lo querías entonces y cuánto lo quieres ahora. Díselo.

Se lo dije, y se quedó sin habla, y a mí me importó un comino lo que pensara la gente que pasaba por Lower Broadway cuando nos vieran fundidos en un largo abrazo, al profesor de secundaria y al grandullón judío afiliado a los Futuros Granjeros de América.

Lo que muestra esta anécdota de Franck McCourt es que quien más lejos está de pensar que un profesor pueda sentir cariño por el cancre es el propio cancre, y se me ocurre que el traernos a clase aquel poema de Jacques Prévert fue su manera sutil de decirle al cancre de nuestro grupo que, a pesar de que sus notas no fueran buenas, él también era importante para usted, tanto como para protagonizar un poema tan espléndido que mereciese que toda la clase se lo aprendiera de memoria.

Hay una última cosa, en todo este tiempo, que he podido aprender sobre usted, y es cómo debió de sentirse cuando, tras dos cursos seguidos en nuestra compañía, debió, como Mary Poppins, decirnos adiós para ir a hacer felices a otros niños. Sé lo dolorosas que son estas despedidas porque me toca vivirlas año tras año. Cuando llega ese momento, siempre recuerdo una de las canciones más tristes que usted nos enseñó, Adieu Monsieur le Professeur, que trata del último día antes de jubilarse de un viejo maestro. Antes de abandonar la escuela, se sienta por última vez en el aula vacía. Piensa en todos los alumnos que ha visto pasar por allí y una lágrima le cae en la mano. Lo terrible es que esta pesadumbre no es exclusiva de la jubilación, sino que se repite todos los años al final del curso y se ve agravada al recibir las muestras de reconocimiento por parte de los alumnos, como en el estribillo de la canción:

Adiós, señor profesor.

Nunca lo olvidaremos.

Y en el fondo de nuestro corazón

estas palabras están grabadas con tiza.

Le ofrecemos estas flores

para decirle cuánto lo queríamos.

Nunca lo olvidaremos.

Adiós, señor profesor.

Ahora sé, señor Dannet, que la clase más difícil de un curso para un profesor no es la primera, sino la última. Lo sé desde que me tocó impartir mi primera última clase, hace 13 años, en una universidad de Pekín. Sabía que se esperaba que pronunciase un discurso de despedida, así que me preparé unas frases en casa. Aquella primera experiencia profesional había sido crucial para mí. Había pasado un año a miles de kilómetros de mi casa, sin familia ni amigos y en un país cuya lengua no hablaba. Pero todo eso daba igual, porque las clases en la universidad me habían salvado la vida. Y eso era lo que quería decirles a mis alumnos: gracias por salvarme la vida.

Entré en la sala más serio de lo habitual y tampoco ellos me recibieron con las sonrisas de costumbre. Me estremeció la atmósfera de funeral que reinaba, como si una desgracia colosal se hubiese abatido sobre todos ellos. Intenté mantener el tipo durante las dos horas de clase y finalmente llegó el momento de la despedida.

Empecé mi discurso mirando al suelo y, cuando me atreví a alzar la vista hacia ellos, me encontré con la desolación de sus rostros. Se me cortó la voz y me quedé mirándolos fijamente, tratando de dominar la emoción que me desbordaba. El silencio se rompió unos segundos después, cuando ellos empezaron a aplaudir, y aquel aplauso largo, sentido, quebró por completo mi dique de contención y me eché a llorar sin remedio. Qué ridículas me parecieron entonces las palabras que tenía ensayadas. Quería a mis alumnos. En aquella aula había pasado algunos de los mejores momentos de mi vida y ahora tenía que despedirme de ellos para siempre. ¿Qué otra cosa podía hacer sino llorar?

Cuando logré serenarme, me dijeron:

–Tenemos un regalo para ti.

Era una camisa tradicional china de seda roja que me maravilló por lo delicada y lo hermosa que era.

–Me la pondré en una ocasión importante –les dije, sin aclararles, que ocasión sería esa, pero en aquel momento me juré a mí mismo que no me pondría la camisa hasta el día del acto de presentación de mi primera novela. ¿Qué ocasión podría haber más importante para mí, y más digna de esa camisa, que la publicación de la novela con la que llevaba soñando tantos años y que había empezado a escribir allí mismo, en Pekín?

Han pasado 13 años de aquel día y la camisa sigue sin estrenar. La tengo guardada en un cajón donde conservo los obsequios que he ido recibiendo de mis alumnos a lo largo de mi carrera. En su mayoría son cartas. Porque sucede, señor Dannet, que en varias ocasiones, al acabar el curso, recibo alguna carta de un alumno donde me da las gracias por mi tarea y me cuenta lo mucho que ha disfrutado de mis clases. Esas cartas son uno de mis mayores tesoros y, cuando me invaden las dudas, o la angustia, o la tristeza, o cuando recibo una nueva carta de rechazo de las editoriales y me pregunto qué demonios hago yo en este mundo, releo alguna de esas cartas y me reconcilio conmigo mismo.

Cuando era niño, leí una serie de relatos policiacos de Isaac Asimov que se llamaba El club de los viudos negros. En estos relatos un grupo de hombres se reunían a cenar una vez al mes y en cada ocasión uno de ellos traía a un invitado al que siempre le hacían la misma pregunta: “¿Cómo justifica usted su existencia?” Esto daba pie a que el invitado contase algún caso misterioso que le había ocurrido y, a partir de ahí, se sucedían las distintas hipótesis que los miembros del club iban haciendo para resolver el caso hasta que, al final de la velada, el mayordomo, Henry, daba siempre con la solución. Muchas veces he pensado que, si a mí me preguntasen cómo justifico mi existencia, podría mostrar las cartas de mis alumnos, que me hacen creer que no he vivido en vano y que, si bien no he logrado cumplir mi sueño de novelista, mi tarea de profesor no carece de toda trascendencia. Como dice la prometida del señor Chipping en Adiós, señor Chips:

–¡Ah, Chips! Me alegro mucho de que seas lo que eres. Cuando te conocí, temía que fueras abogado, o corredor de bolsa, o dentista, o que tuvieras una empresa de algodón en Mánchester. Ser profesor es completamente distinto, es importante, ¿no te parece? Influir en los que van a crecer, en los que van a ser tan decisivos en el mundo…

Pero sucede también, señor Dannet, que siempre que recibo una de esas cartas, pienso que yo nunca le escribí a usted para darle las gracias por aquellos dos maravillosos años y que debería hacerlo para que supiera lo importante que fue usted para mí, que nunca lo olvidaré y que toda mi vida seguiré escuchando las canciones que nos enseñó. Si he aplazado tanto tiempo la escritura de esta carta es porque me habría gustado hacérsela llegar acompañada de un ejemplar dedicado de mi novela (o incluso, si los hados me hubiesen concedido mi mayor deseo, de su traducción al francés). Quizá empezaría usted a leer mi novela y, al llegar al capítulo en el que hablo de un libro de Roald Dahl que leí en la escuela cuando tenía 9 años (Danny, el campeón del mundo), recordaría aquel tiempo que pasamos juntos en clase disfrutando de las aventuras de Danny. Tal vez entonces esbozaría una sonrisa al pensar que uno nunca puede augurar los frutos de lo que siembra, y que quién habría podido imaginar que ese niño al que usted, sin saberlo, tanto le dio recordaría aquella experiencia muchos años después en su primera novela. Salvando las distancias, yo habría querido que mi carta fuese como la que Albert Camus escribió a su antiguo profesor al poco de ganar el premio Nobel de literatura y que dice así:

Querido señor Germain:

He dejado apagarse un poco el ruido que me ha rodeado estos días antes de venir a hablarle de todo corazón. Acaban de hacerme un enorme honor, que no he buscado ni solicitado. Pero cuando me he enterado de la noticia, mi primer pensamiento, después de mi madre, ha sido para usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que usted tendió al niño pobre que yo era, sin su enseñanza y su ejemplo, nada de todo esto habría ocurrido. No le doy una gran importancia a este tipo de honores, pero este es al menos una ocasión para decirle lo que usted ha sido y es para mí, y para asegurarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted ponía en ello siguen vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, nunca ha dejado de ser su alumno agradecido.

Un fortísimo abrazo,

Albert Camus

Lamento que mi carta se haya demorado tanto por mi empecinamiento en acompañarla de mi novela, pero ahora, cuando tras innumerables intentos he perdido definitivamente la esperanza de que mi libro vea algún día la luz, me he decidido de una vez por todas a escribirle. Me avergüenza un poco presentarme ante usted con las manos vacías, sin ningún triunfo que ofrecerle, pero al fin y al cabo el objetivo de esta carta que le escribo no es que usted se sienta orgulloso de mí, sino que se sienta orgulloso de usted.

Adiós, señor Dannet. Deseo que en todos estos años y en los que vendrán la vida le haya tratado y le siga tratando tan bien como usted nos trató a nosotros.

Un fuerte abrazo de su alumno,

Celso

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