Mujeres excelentes (Barbara Pym)

Mujeres excelentes es la novela de lo banal, de lo nimio, de las frases hechas, de la conversación de ascensor y del té de las cinco. El espíritu de la novela se resume a la perfección en este párrafo:

Me extrañaba que ella gastara tanta energía combatiendo por una nadería como el uso de sombrero en la capilla, pero luego me dije que, en definitiva, la vida era así para la mayoría de nosotros: los pequeños disgustos en vez de las grandes tragedias; los pequeños anhelos estériles en vez de las grandes renuncias y los idilios dramáticos de la historia o las novelas.

¿Quiénes son esas mujeres excelentes de las que nos habla Barbara Pym? Son mujeres como Mildred Lathbury, mujeres humildes que reparten su tiempo entre los sermones de la iglesia y las obras de caridad, mujeres invisibles a las que nadie se gira a mirar cuando pasan, mujeres complacientes que son el paño de lágrimas de todas las desgracias ajenas, mujeres hacendosas a las que el fin del mundo siempre las pilla preparando el té, mujeres previsoras que tienen “un trapo de horno colgado de un clavo junto a la cocina”, mujeres entregadas cuya existencia se difumina en todas aquellas tardes dedicadas a corregir las pruebas y a elaborar el índice de los libros que publican sus maridos antropólogos.

Al leer esta novela, en más de una ocasión me pregunté: “¿Qué demonios hago leyendo este libro en el que todo el mundo habla y nunca pasa nada?” Pero a continuación debía reconocer que la novela era profundamente adictiva, que había algo poderoso en ella y que, bajo esa apariencia anodina, se escondía una escritura irónica y mordaz con frases tan lúcidas como estas:

En cuanto se adquiere el hábito de enamorarse, uno descubre que ocurre con frecuencia y que cada vez significa menos.

Comprendí que se le podía amar en secreto y sin esperanza de ser correspondida, lo que puede ser muy grato para las jóvenes o inexpertas.

-Parece que a los hombres les gusta que las mujeres que conocen se hagan amigas -comenté, y entonces se me ocurrió pensar que, en realidad, a las que quieren forzar a una amistad suelen ser sus antiguos y sus nuevos amores.

Pero mi querida Mildred, tú no deberías casarte. La vida ya es bastante complicada sin esas ocurrencias alarmantes.

Recobré la compostura y me dije: “Basta de ideas ridículas”, preguntándome por qué nunca cesamos de analizar los motivos de personas que no tienen un especial interés por nosotros, con la vana esperanza de descubrir que en el fondo quizá tengan un poco.

A pesar de que yo leí esta encantadora novela en verano, recomiendo reservarla para la temporada de otoño-invierno, pues creo que como mejor se disfrutará es en una mecedora de mimbre, con una rebeca de punto y una manta de cuadros escocesa, tomando un té y unas galletitas de jengibre, mientras afuera cae la suave llovizna de la tarde, y sintiendo el calor en el regazo de un gato adormilado

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